Cartas de Cuévano

… y estoy con Nir Baram.

Escribo de luto. Las madrugadas de íntimo silencio en las sombras se prolongan incluso durante las lluvias soleadas del día. Me duele el dolor de los deudos e imagino el dolor insoportable de las víctimas, de los muertos que sobrellevan su martirio de años con estoica serenidad que parece verdadero amor por la vida. Intento tomar ejemplo de quienes se resignan a encarar con absoluta dignidad la agresión de tanto impune, tanto poderoso ciego, tanto engreído que finca su presencia absuelto en que las horas del día conceden treguas humanitarias que no necesariamente se respetan, tanta palabrería hueca que conjugan en sus sílabas la ira callada, el engaño constante y el recurso infalible de las mentiras. Hace una semana escribía que estoy con Etgar Keret, escritor israelí de cuentos entrañables a quien por el sólo hecho de haber pedido un minuto de silencio por la muerte de niños palestinos vive ahora el infierno irracional de amenazas e injurias siniestras en su propia patria. Desbocadas bandadas de fanatizados sionistas y enceguecidos compatriotas israelitas han llegado al extremo de advertirle a Keret que pretenden llevar a su esposa –la actriz y directora cinematográfica Shira Geffen—al patíbulo rabioso de una violación masiva y …

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Abril será siempre amarillo

Gabriel José de la Concordia García Márquez nació en Aracataca, Colombia el 6 de marzo de 1927 y me dicen que acaba de irse en México, su segundo país de todos los países del mundo entero que lo leen haciéndolo habitante de sus propios paisajes e idiomas. Dicen que se ha ido y no lo puedo creer, las lágrimas me nublan de sal la página porque consta que Gabo era inmortal desde que empezó a escribir y en las reuniones de cada sábado en que se reunían los Gabos con los Mutis y él narraba a Jomí García Ascot y a María Luisa Elío una novela intemporal con la que el mundo jamás volvió a ser el mismo, una Biblia de nuestros tiempos que nos regala nada menos que Cien años de Soledad, escrita en México. A ellos está dedicada esa novela que se iba a llamar La Casa como quien dice hogar, país o universo porque Gabo llegó a México hace más de medio siglo quizá sabiendo que se volvería universal y aquí, con Mercedes, Rodrigo, Gonzalo, sus nietos y toda su familia fincaron el generoso jardín de su amistad. Era un hombre bueno que escribió para que lo …

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