Café de Madrid

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Canta María

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El silencio también tiene voz y la saudade es en realidad una feliz tristeza que supera la simple melancolía. La lluvia quería confundir la primavera con otoño y el cielo de Madrid se encapotaba con duelos lejanos cuando de pronto sonó el eco de un piano que salía de una finca de siglos pasados. Allí estaba Pepe Rivero que juega al piano como quien inventa alquimias de notas incansables y ritmos de los mares, imitando oleajes y el agua que lloran las nubes. De pronto, se elevó la voz de María. María Berasarte es una maravilla que brotó en algún páramo floreado, germinó en canción y canta en seis idiomas. Es la voz desnuda, dicen los que la siguen desde hace tiempo, pero a mí se me figura que es la voz del silencio, de los fados que esperan en la orilla de las playas la llegada de un amor que no volverá y el murmullo de las casas de marineros que se reúnen para llorar un fado de pura alegría por el desahucio o la ausencia. María Berasarte entrelaza su voz con el piano de Pepe Rivero en versos vascos que suenan a cantos árabes, y luego un bolero …

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Lo de las filas

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A veces creo que se trata de una malformación genética y otras, un dengue generalizado que se propagó en los programas de la educación básica; luego, hay días en que supongo que se trata de no más que de ansias ante un desamparo o avisos ajenos ante el abismo. Hablo de ese raro afán por tocar la espalda, cuello, hombros, codos o brazos de quien hace fila y lo hago por la confirmación estadística de que en España –y particularmente, Madrid—resultan ser los lugares del Universo con mayúscula donde parece inevitable que toda persona enfilada ha de tocar o al menos rozar a quien le quede por delante. Ni en la estación espacial –con todo y ausencia de gravedad—existe esta notable inclinación por tocar o rozar en fila como avisando que ha llegado un nuevo eslabón a la cola. El tema no es baladí ni intrascendente si se considera que en otros países y culturas es asunto notablemente considerado (si no es que sancionado) el hecho de que un transeúnte, pasajero o pedestre, ose tocar al prójimo o próximo en cualesquier circunstancias, pero en Madrid ¡Viva la Virgen! que si me quedas a tiro, sea en la fila del cajero …

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Llenar el vacío

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Ese hombre sin colores que recibe la primavera como si fuese un renacimiento es el reflejo en el espejo de uno mismo entre todos los espacios abiertos que muestra Madrid vacío. Se van todos y se queda uno, solo entre muchos, acompañado por la sensación de que la primavera es cada vez más corta y falsa, casi verano con viento helado para que parezca extensión de un invierno que no ha de volver jamás y promesa de un otoño que parece aún lejano. Madrid empieza a susurrar las ausencias de todos los que huyen a la sierra o a la playa y su callada jaculatoria es un paseo de miércoles que parece domingo aunque huela a sábado. Se llena el vacío con el monólogo hipnótico de los pasos en la vereda vacía y en los senderos de los parques poblados por fantasmas de todas las navidades pasadas que vuelven envueltos en bufandas sin colores para recordarnos su presencia constante y se llena el vacío con la risita lejana de un niño con gafas que parece carcajearse de la preciosa vida. Empiezan las hojas a moverse, recién nacidas en las ramas como yemas de los dedos de un tronco envejecido y …

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De Coyoacán a Chamberí

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Voy de Coyoacán a Chamberí, pasando por Polanco y el barrio de Salamanca; giro en Alcalá para confirmar si la avenida de los Insurgentes realmente mide cincuenta y dos kilómetros de largo. Me parece que de pronto la Castellana se parece al Paseo de la Reforma y que el entrañable paseo de Recoletos se clona con una calle bañada en jacarandas que desemboca en una de dos Cibeles. Por instinto o corazonada me dejo llevar hasta el Zócalo o Plaza Mayor donde se venden sombreros bajo los portales que rodean el inmenso cuadrado donde ha desaparecido la más vieja Catedral de América y se cuelan por los arcos los albañiles que vienen a ofrecer sus servicios de mampostería recién disecada en las viejas callejas del Madrid de los Austrias que hoy se me confunde con la cuadrícula imperial de una calle que llaman Pino Suárez, donde hay un palacio en cuya esquina se asoma la cabeza de una serpiente emplumada en la rara geometría donde se junta la piedra chiluca de cantera gris con el rojo tezontle que es como esponja cuando tiembla la Tierra y empiezo a perder la brújula cuando veo que un niño lleva una vianda de …

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