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Entre Loriga e Ibargüengoitia

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Ayer, hace 34 años, murió Jorge Ibargüengoitia en el aeropuerto de Barajas de Madrid; mañana, es decir, el próximo 22 de enero, cumple 90 años de eternidad y los pienso celebrar a pierna suelta con la entrañable pintora Joy Laville. Mientras tanto —entre las muchas buenas actividades y presentaciones que lleva a cabo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) la Universidad de Guanajuato— se celebró hoy un homenaje a Ibargüengoitia donde se subrayó su grandeza como cuentista, su genialidad como articulista y columnista en periódico, su inmenso legado como novelista, su trayectoria como dramaturgo, sus cuentos para niños y su creciente presencia en lectores que, año con año, garantizan su presencia así pasen las generaciones y supuestamente cambien los climas. Ibargüengoitia sería nuestro guía más amable para el desmadre en el que ha caído México, nuestro faro para dimensionar la continuidad de la mordida y el desenfado de la holgazanería o la desfachatez de los politiquillos de siempre; sería hoy nuestro novelista de las tramas palpables y de los personajes absolutamente creíbles… nuestro cronista en cada columna, como si enviara su humor desde una casita en Cuévano. De igual ánimo, pienso en las viejas radionovelas que imantaron …

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Entre egos y enredos

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En un pasillo de la inmensa FIL comenta un autor joven con ínfulas de una grandeza imaginada que va con prisa y desgana a presentar un libro de una escritora que en el fondo le da pereza, cuyos párrafos son tan malos que –según él– no permiten leer más de 20 páginas y que, por ende, tendrá que fingir admiración y gratitud, alabanzas y admiración. Tres horas después, me topo con la autora en cuestión que me dice estar asqueada por la pésima presentación de su libro donde el joven autor con ínfulas de grandeza imaginaria no supo reconocer la vera grandeza de su prosa e imaginación ilimitadas por tratarse de un “analfabeta funcional”, tonto y engreído –según ella– que no tendría por qué andar suelto entre los pasillos de la FIL. En general y a lo largo de los años, el balance de los bandos que se encuentran en la FIL ha sido respetuoso y pacífico, pero no deja de ser una danza delicada de Egos revueltos (como título de un libro de Juan Cruz) y una hoguera en medio de las llamas del llano de las vanidades. Es una semana que lleva ya tres décadas como balance anual …

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Entre Siruela y las Letras europeas

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Desde hace siete años la FIL convoca un Festival de las Letras europeas, en lo que creo que fue una iniciativa del incansable Philippe Ollé-Laprune, y este año se reunieron en Guadalajara la traductora y novelista checa Radka Denemarková, el gigante holandés Tommy Wieringa, el inquieto y luminoso italiano Tiziano Scarpa y el enigmático genio rumano llamado Mircea Cartarescu. Dejemos que la magia del Internet ofrezca en un instante de Google los títulos de sus obras y la larga lista de sus premios, para aprovechar aquí el breve espacio y dejar constancia de que hablaron de sus filias y fobias, de sus impulsos por escribir y sus respectivas definiciones de eso que llaman lo poético; los cuatro autores hablaron de cómo empezaron cada uno de ellos a escribir y luego, a verse publicados; confiaron los beneficios de la traducción (razón principal por la que están ahora en Guadalajara) y los recovecos y enredos de las diferentes interpretaciones que complementan al acto de escribir por medio del acto universal de leer. Horas antes, se celebró una mesa de redonda que sirvió de agradecido homenaje al catálogo editorial de Siruela, un generoso sello que ha marcado a ya varias generaciones de lectores …

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Humos del Tapado

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Decía Octavio Paz que en los tiempos pasados –cuando el presidente de México era el patriarca con su otoño incluido—el ejercicio del Dedazo representaba la guinda suprema del PODER con todas sus mayúsculas. Se trataba de un flamígero instante en que cada presidente elegía a su sucesor en el trono (cosa que ni los monarcas podían definir al tener que heredar su corona a primogénitos babeantes), pero como bien señalaba Paz, en ese preciso momento el Todopoderoso Presidente empezaba por goteo a perder precisamente su poder ya no tan omnipotente. Lo del apodo del Tapado se lo debemos al gran Abel Quezada, más que artista, filósofo visual de un México que a veces sólo se entiende en caricaturas. Quezada –que fue cronista en cartones de varias décadas de la vida nacional y además reconocido cartonista en The New Yorker—dibujó a un elegante burócrata cubierto con un capuchón de verdugo, cuyos agujeros para los ojos no permiten ponderarle la vista… y esa figura anónima fue utilizada incluso para la publicidad: “El Tapado fuma Elegantes” y colgaba de sus labios un cigarrillo de papel de arroz cuyo delgadísimo hilo de humo llega hasta nuestros días como neblina cambiante: La ridícula pantomima priísta …

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