Agua de Azar

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‘Redes’

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Ángel Gil Ordóñez es un director de orquesta madrileño, afincado en Washington, D.C., desde hace años, y con no pocas notas en su biografía que lo hacen mexicano. Con notable empeño, Gil Ordóñez resucitó de la amnesia la música, fotografía y casi desconocida historia de la película Redes, una joya en blanco y negro dirigida en 1935 por Fred Zinnemann y fotografiada por Paul Strand, el de la lente al óleo, que contribuyó a la consideración de la fotografía como un arte y no una mera ocurrencia de la modernidad. Invitados por el gobierno de México, estos señores filmaron en Alvarado, Veracruz, una microhistoria de los motivos, heridas, afanes y dolores de un pueblo de pescadores, las promesas extraviadas, la pérdida de la vida que se escapa entre las redes de la realidad así como de vez en cuando cae una buena carga de pescados. Para fortuna del proyecto, la música de la película fue realizada por el genial Silvestre Revueltas, y es al día de hoy la única partitura inicialmente pensada para pantalla que se presenta en conciertos sinfónicos, una suite tan descriptiva como los pinceles visuales con los que fotografiaba Strand y tan expresiva como las caras mismas …

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Equis en Madrid

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Despeja la equis en la fórmula secreta de la felicidad y confirmas en la bruma que se trata de algo eternamente efímero, instante permanente, quizá no más que un abrazo. Marca con la equis todo aquello que te llena de vida y harás el mapa de una isla desierta donde una mínima señal indica el tesoro de toda una vida. Aléjate y recordarás que México se escribe con equis, por el cruce de tantos enredos inexplicables y porque se nos da la chingada gana: pronunciamos Xochimilco con una “ese” invisible y Examen como romanos, pero que no nos despeinen la Equis del nombre propio, el ceño fruncido de la marca que nos puso en la frente Alfonso Reyes y así, malhaya quien pronuncie Texas sin el sonido de la jota y bienvenida la inicial personal en el corazón del nombre del país que se vive ahora de lejos. Gracias a un esfuerzo encomiable de la Embajada de México en España y el Instituto de México, ronda por las noches de Madrid el milagro invaluable de poder cantar entre amigos, reír a carcajadas habiendo salido hace unos días y por enésima vez de las faldas de un abismo. La voz inmarcesible …

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Por si lo olvido

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Probablemente —o más bien, seguramente ya— de mí o de todo o de algo te has olvidado y, mientras tanto, yo seguiré esperando. No me quería ir, para ver si algún día queriendo tú volver, me encontraras todavía. Por eso ya no estoy en el lugar de siempre, aunque quién sabe cómo sigo en la misma ciudad y con la misma gente para que tú —al volver— no encuentres nada extraño y sea como ayer y nunca más dejarnos. Probablemente estoy pidiendo demasiado. Se me olvidaba que ya habíamos terminado, que nunca volverás, que nunca me quisiste. Se me olvidó otra vez que solo yo te quise. Seguramente estoy pidiendo demasiado, tergiversando palabras ajenas que se volvieron mías en alguna madrugada cantada. Seguramente me confundo entre el que se quedó y el ido, la misma ciudad, la misma gente de un antes que ya se volvió después. En un ayer de no dejarnos de este hoy en que confirmo que a veces las letras simples de trovadores anónimos se vuelven intocables y aunque la confusión encienda la sinrazón de su defensa, habrá quién entienda mejor de estos temas sin tener que citar o cantarlas. Yo seguiré esperando y en silencio …

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Conquistar un vacío

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La caminata de todos los días también sirve de luto. En realidad, evasión; no quiero pensar en las ausencias ni imaginar por hoy los dolores de todos los deudos. No quiero gastar saliva en ponderaciones sobre plagiarios ni tinta en párrafos de ponderación pendiente; no quiero alargar la sobremesa en soledad y prefiero pensar en nostalgias insólitas: inesperadamente extraño la lluvia ácida y puntual que de pronto llora sobre la Ciudad de México e, increíblemente, me llega a los labios el antojo (con todos sus sabores) de las más insólitas fritangas o de las frutas con chile en polvo, o de un solo y único beso, o de las risas de los amigos que cancelan una cita faltando media hora para su cumplimiento, o de los trayectos interminables por calles que siempre están por estrenar. Extraño la voz del tamalero muerto que recorre los dieciséis municipios de una ciudad que parece país y la cantaleta de la niña que compra colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan que un trovador convirtió en canción con su genialidad de sonrisa. Extraño las bugambilias moradas y que digan que sirven para aliviar la tos si se hierven …

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