Agua de Azar

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Sonrisa de estatua

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Se cumplen cien años de que nació en Córdoba un tal Manuel Rodríguez Manolete , quien —en un mundo en blanco y negro— paraba los relojes a su paso, electrizaba los tendidos enloquecidos de las plazas con sus pases y encarnaba en cada poro de su piel el aura indescifrable del héroe trágico. Abundan fotografías, películas, versos, párrafos, óleos, esculturas y evocaciones… y en casi todas aparece serio, estatua de piel y huesos que murió en Linares, partidas la femoral y el alma por las astas del toro Islero de la ganadería de Miura. Serio hasta cuando sonríe levemente, aunque se le ve abiertamente feliz en muchos de los momentos que vivió en México al lado de su amor, Lupe Sino, bella musa que en España era mal vista por roja, o cantando al lado de su compadre Silverio Pérez en Texcoco, o bajo las gafas de piloto que compartía con Carlos Arruza… o al arrancar a dar la primera vuelta al ruedo en el viejo Toreo de la Condesa, con el rabo de un toro que ha quedado en la memoria de tantos que dicen haber visto en vivo esa faena que, de ser cierto, entonces la plaza tendría …

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Cabalga

cabalga

Tras una pátina lila de neblumo sin contingencia, esa nata que parece disiparse con lluvias para que todo chilango crea que vuelve a la región más transparente del aire, parece cabalgar de nuevo el Caballito de Carlos IV, el rey que no merece estatua en Madrid ni en España entera y que se eternizó en México gracias al corcel imbatible que forjó Manuel Tolsá con las yemas de sus dedos sobre un bronce que parecía volverse verde hasta que hace uno años fue bañado con un ácido ocre e insensible que lo convirtió en mal del pinto, vitiligo aparentemente inamovible para que tuvieran que esconderlo tras las sabanas de una arrepentida restauración y ahora volver a soltarle la rienda como jamelgo de corrido, corcel de rejoneo en cada feria internacional del libro del Palacio de Minería donde consta que hay al menos un autor que ha sangrado su corazón en la mirada de una mujer y así año con año vuelve la ilusión del Caballito intacto que estuvo mancillado por la estulticia, que fue mudado del Zócalo a Bucareli y de allí a las puertas del palacio que se vuelve su caballeriza en las noches negras donde sólo lo escuchan …

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En medio de la Nada

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Uno está en medio de la Nada (con mayúscula), sea ante la suprema majestad de un bosque inalcanzable o en medio del apabullante silencio de los edificios hechos con espejos; uno deambula en el silencio entrañable de las secretas voces interiores o camina entre el ruido polifónico de las calles en hervidero; uno va leyendo las líneas de los párrafos que parece hablarnos directamente a la conciencia, o bien intenta escribir la hilera de palabras que logren la historia que solo puede ser contada al inventarse. Uno va traduciendo en sílabas los nombres de las cosas y de los personajes que hablaron en un ayer que parece neblina, el sabor de la primera naranja agria y la pesada sensación del enésimo insomnio… una va imaginando el sonido de los calores en otras lenguas, el ritmo que trastoca a los versos que escribe una mujer en portugués, o los largos llanos nevados en la imaginación de un hombre que habita el bosque de su propio credo y los verbos cambian de distancia de un idioma al otro, mientras se va desdibujando sobre la página el vaho con el que respira el lector su personal degustación de lo que ve en medio …

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Describe lo que escribes

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De pronto, silencio. Te advierten que en los paseos puedes toparte de frente con osos tres veces más altos que el más alto de tus amigos. Procura andar sin audífonos para que escuches ese ruido que es el silencio y las pequeñas ramas que pisan los alces en su aburrido andar por donde quieren, no te interpongas entre las madres y sus crías, y eso que miras al fondo es nieve sobre la montaña cortada por rebanadas de pizarra gris, rodeada por cerros de pinos en todos los verdes que parecen aplaudir el ruidoso caudal de un río que se vuelve espuma rápida, y hay ardillas de cola corta y otras que parecen roedores de película con una frondosa brocha que los sigue por las ramas por donde vuelan como puntos y comas de un texto callado que se escribe desde el amanecer. Las aves van telegrafiando los versos sobre el cielo limpio de un azul pálido que se vuelve más azul cuando se acuerda del mar. La quietud acompaña las palabras que lees para simular que hablas con alguien en tanto no se reúnen en torno al fogón los demás que escriben o cantan, pintan o piensan su propio …

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